Los inmigrantes aymaras festejan la cruz de Cristo, sin olvidar las costumbres de su cosmovisión…Temprano escuchan el sermón del párroco, para horas más tarde, bailar, comer y beber en honor a la santísima cruz, pero a su “modus vivendi”.
La historia universal cuenta que las culturas antiguas tenían un espíritu de predominio sobre los más débiles. Del mismo modo, los inkas dominaron el Imperio del Tawantinsuyo y cuando llegaron los españoles, fueron sometidos bajo su dominio, y hasta obligados a olvidar sus costumbres e incluso sus creencias en la cosmovisión. Pese a la cuestionable evangelización, los indomables aymaras no dieron a torcer su brazo. La fe y su creencia está latente y orientada hacia su waytasiri o churiwiku (apus).
Los historiadores nunca han contado que los españoles encabezados por Pizarro, Almagro y el cura Valverde, además de otras acciones de “sangre y fuego”, usaron la cruz y la espada para imponer a viva fuerza la religión católica. No olvidemos que los inkas y aimaras eran idólatras, siendo su DIOS principal el “INTI”; mientras que los europeos eran católicos, apostólicos y romanos, cuya fe se simboliza en la cruz de Cristo.
Cuando los españoles se adueñaron de todo lo existente en el Perú, también pusieron en práctica la extirpación de la idolatría, con el objeto de erradicar los cultos a las deidades. Por eso, en las montañas altas y sagradas de los aimaras, fueron puestas las cruces, especialmente, en los caminos que conducen a diferentes lugares…dicen que es “para orientar y conducir” a los viajeros por el sendero más acertado.
Pero detrás del culto a las cruces, aún se mantienen vigentes ciertas prácticas rituales propias de nuestra cultura andina ligadas a eventos de la vida, agrícola y ganadera. Con el paso del tiempo, los naturales enriquecieron el cristianismo con celebraciones paganas, como una especie de sincretismo cultural y religiosa.
Si bien es cierto que, con el pretexto de la evangelización hicieron adquirir en las diversas comunidades un sentido de identidad con Dios y su hijo Jesucristo; sin embargo, esta es una de las fiestas folclóricas, cuya celebración es producto del forzado sincretismo entre la religión católica y la cultura aimara.
El choque de dos doctrinas diferentes trajo muchos sinsabores; de allí surge el sistema que trata de unir y/o conciliar entre la fe a Cristo y la deidad aimara, a la que los estudiosos han llamado sincretismo. Una cruz hecha de dos palos, se ha convertido en el símbolo sagrado de protección y esperanza en tiempos difíciles, y como si ello fuera poco, también los difuntos se van al panteón con la cruz por delante…
Días de fiesta
De la mescolanza forzada entre la creencia aimara y europea, surge la costumbre de rendir culto a la cruz, con usanzas y peculiaridades de cada comunidad nativa. Así comienza el culto a la CRUZ DE CRISTO que, finalmente, termina siendo convertida en una FIESTA PAGANA, por su modo de desarrollo pomposo y con derroche económico.
En los días previos al 1° de mayo, hay un rito que consiste en vestir y adornar a la cruz con “tincas y juntuchas” en casa de los devotos. Luego se venera al madero hecha cruz, con la santa misa y la procesión. Asimismo, los alferados y padrinos, acondicionan la “ramada”, y alistan abundante comida y bebida para brindar a sus acompañantes.
Al atardecer de un buen día, los devotos “entraderos” a caballo, esperan su recibimiento en las afueras del pueblo, con acémilas cargadas de leña para calentar la fría noche de la víspera. Tras una recepción apoteósica, ingresan a la plaza principal al compás de una marcha que toca la banda de músicos, como testimonio de peruanidad. En la noche de la “víspera”, hay diana y fuegos artificiales.
Según la costumbre, la primera noche y el primer día están dedicados al devoto varón, mientras que la segunda noche y el día, corresponde a la esposa. También los padrinos son agasajados en el tercer día, mientras el cuarto día de despacho bailan los cocineros y despenseros. De esa manera se llevaba a cabo el programa de festejos en tierra adentro.
Luego, con el fenómeno de la migración a la ciudad de Moquegua, también se trajeron consigo las cruces para “adorarlo”, en medio del derroche y loquerío de regalos e ikatas, consistente en monedas, bienes y/o enseres; además, se suscita una envidiable jarana amenizada por bandas y grupos musicales para todo gusto, que son motivadas por la ingesta de abundante licor…Continuará///