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LEYENDA

PorEl Observador

Jun 23, 2023

Caminó y caminó. Miró en su mano izquierda la madeja de hilo que poco a poco iba disminuyendo. En su mano derecha la espada era apretada dolorosamente. Sus pasos se hicieron cautelosos. Alerta a todo ruido (o a todo silencio). Apenas rozaba el piso. Ese ruido retumbaba en su mente. Decidió aumentar su lentitud y su cautela. Estiró su rudo cuello y alertó su cabeza; movió los ojos en un círculo como si buscaran captar un resquicio o cualquier ruido por pequeño que sea. En realidad, buscaba esos ruidos silentes. En esa percepción podría estar que perezca o resulte victorioso ante esta fatalidad que el hado le había dispuesto. Se agachó. ¡Sí!, alguien respiraba levemente, como si quisiera ocultar que respiraba.  ¡Sí!, sí, era una respiración ocultada. Se detuvo, y la espada tembló por la furia casi asesina que le iba invadiendo desmesuradamente. Miró a sus costados, y los muros fueron difuminándose. Comenzaron a derruirse, como si millones de comejenes devoraran sus cimientos y sus ladrillos. El finísimo polvo llegaba a sus mucosas, y sintió que él mismo desaparecía. En esa sensación, apretó la espada y el ovillo como si en ese acto estuviera no deshacerse en ese polvo que le estaba cubriendo. En medio de esa neblina, vio apenas un hombre semidesnudo seguido de siete jóvenes armados de espantosas espadas; todos ellos con alas que impedían que el polvo las cubriera, como le estaba cubriendo a él. Apretujó la espada y el diminuto ovillo que le permitía llegar a la puerta a recoger los alimentos que su hermana Ariadna le llevaba de lástima, y que luego le servía para recogerse en lo más profundo del artificioso laberinto a fin de evitar su muerte, lo que impelía el temor de la gente. Vio los rostros rabiosos de sus buscadores. Sus ojos se fueron develando. Sus labios, a pesar de estar desapareciendo, parecían una sonrisa, una hermosa sonrisa como si recordara los juegos que infinidad de veces había tenido con los niños de esas gentes que buscaban ahora su muerte. El polvo de los muros terminó de cubrirlo y polvo él mismo se fue en leves remolinos que el viento de las alas de sus exterminadores levantaban. Y todo quedó como un páramo. Los hombres se miraron entre sí, sin saber qué decir. Una leyenda había terminado y otra había comenzado.

 

Víctor Arpasi Flores

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